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El carpintero

Publicado en Reflexiones

Llegamos de mañana a Nazaret con el pretexto de recorrer sus calles, observar sus típicas y pobres construcciones y acercarnos a sus gentes. Saludamos al primer vecino que encontramos con un "Shalom", nacido del deseo verdadero de paz, paz a esta tierra, y casi por inercia, desempolvando algún recuerdo dormido desde la infancia, preguntamos por un tal José. Nuestro interlocutor se llevó su mano a la frente, pensativo, y al fin nos dijo: "¡Ah!, sí, "el carpintero", vive ahí mismo, con su mujer y el hijo, son buena gente, trabajan en lo que pueden aquí, en el pueblo.

Mientras subíamos la cuesta que nos conducía al taller, íbamos comentando el incidente: el trabajo es una dimensión de la persona que la enraiza en la humanidad, la identifica en el pueblo y expresa en parte su personalidad.

Encontramos a toda la familia trabajando, con medios muy rudimentarios y sencillos, haciendo las pequeñas cosas necesarias en un pueblo agrícola y primitivo.

Nos llamó la atención el hijo. Tenía todo el estilo de estar metido de lleno en el ambiente familiar para continuar perpetuando la tradición: sería carpintero, como el padre. La madre, Miriam, molía el trigo con una pequeña piedra para hacer el pan de cada día.

No supimos comprender por qué esta visita, tan cotidiana y normal, se nos quedó especialmente prendida en el corazón y en la retina.

Años más tarde unos viajeros nos trajeron noticias. José el Carpintero había muerto sin dejar otra herencia a su familia que las pobres herramientas del taller. La gente contaba que vivía su oficio como verdadera vocación. Hasta aquí todo normal. La noticia grande vino cuando el hijo, Jesús, apareció un día en la sinagoga de Nazaret, diciendo que en Él se cumplían la escrituras, que Él era el enviado de Yahvé. Esto ya fue el colmo. En Él, los nazaretanos veían siempre y sólo al "carpintero", e hijo del "carpintero". Es decir, le veían humano, enraizado en la tierra, uno de los suyos, trabajador. Pero Dios era otra cosa, seguro. Y lo despreciaron.

Trabajador, albañil, agricultor, cocinera, maestra, obrera, peluquera, cineasta, locutor, panadero, camionero, taxista, limpiador... Siempre tendremos la misma tentación de vivir el trabajo como un espacio separado de las raíces más hondas de nuestro ser, y quizá hasta alejado de Dios.

José el Carpintero (podía haber tenido cualquier oficio) introdujo a Dios encarnado en esta dimensión de nuestra vida. Claro que, al principio, el Padre Dios al crear, nos llamó colaboradores con Él en la construcción de su obra, desde cualquier trabajo.

En Nazaret, en un pequeño taller de carpintero se juntaron la grandeza de Dios creador en el rostro y las manos concretas  de un aprendiz que sólo sabía hacer yugos, arados y pequeñas cosas. De la mano de José, y con el Fiat de María, en Nazaret en Nazaret sucedió el milagro de que el omnipotente Yahvé, creador y liberador, se hiciera carne y hueso en un carpintero. Y nosotr@s... sin acabar de creer.

Mª Jesús Aguirre, fsj

Madrid, 1993

 

 

 

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