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El carpintero de Nazaret

Publicado en Reflexiones

"El Reino de los cielos se parece a un carpintero que anda todo el día de un trabajo a otro: ahora acarrea las vigas para aquella casa que se está construyendo, luego tiene que arreglar un arado que se ha descoyuntado, luego le viene una mujer que haga una nueva medida para el grano  porque la que tenía esta reventada por todas partes, finalmente se irá al bosque a cortar ramas para un emparrado.

El hombre no para todo el día y cuando llega la noche, cansado, casi no es capaz de explicar cuáles han sido los múltiples trabajos que le han ocupado, siempre tan variados. Pero sí sabe que con todo lo que ha hecho se podrá mantener él y su familia".

Esta pequeña parábola podría formar parte, por ejemplo, del evangelio de Mateo. Pero no forma parte. Ni ésta, ni ninguna que se le parezca. Jesús, aunque resulte extraño, no habla nunca del oficio que ocupó una parte tan importante de su vida. Hablan los demás.sanjose1

Pero lo que sí queda claro es que éste,  el de carpintero  de pueblo que hace un poco de todo y que conoce todo el mundo, era el oficio de su padre y el suyo propio. "¿De dónde saca éste eso?. ¡Si el carpintero, el hijo de María!", dirá la gente de Nazaret según el Evangelio de Marcos (6,3).  En Mateo lo dirán un poco distinto: "¿De dónde saca éste ese saber y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero?" ((13,54-55).  Según Marcos, por tanto, el propio Jesús es conocido como carpintero; según Mateo, el carpintero era su padre, del que no se dice el nombre.

En Lucas, en cambio, en la misma escena no se habla del oficio pero por el contrario sí se dice el nombre: "Pero, ¿no es éste el hijo de José?" (4,22).

José de Nazaret.  A su lado, trabajando con él, Jesús se irá haciendo hombre. Con él debió ir por las casas para cumplir los encargos, con él debió sudar mientras se adiestraba en el manejo de las herramientas, con él debió bajar a Cafarnaún, la capital del lago, para comprar materiales, respirar novedades y ensanchar horizontes (o quizá incluso pasaba allí temporadas trabajando, como explica uno de los evangelios apócrifos). Con él, también, debía de ir todos los sábados a la sinagoga y, por lo menos una vez al año, para la Pascua, subiría a Jerusalén. Cuando se marche de casa para empezar su predicación, uno de sus primeros discípulos, Felipe, lo presentará así: "Aquel de quien escribió Moisés en la Ley y también los Profetas, lo hemos encontrado: es Jesús, hijo de José, el de Nazaret" (Juan 1,44).

José de Nazaret. Aparece en la historia evangélica siendo un hombre joven, a punto de casarse con una muchacha llamada María. ¿Y antes? Es curioso: de María todo el mundo conoce el nombre de sus padres, Joaquín y Ana, cuando en realidad no aparecen en los evangelios sino que son fruto de la tradición; en cambio, de José nadie recuerda el nombre de sus padres, aunque en este caso sí lo mencionan los evangelios.  El problema, sin embargo, es que el padre de José aparece con dos nombres distintos: según Mateo, "Jacob engendró a José el esposo de María, de la que nació Jesús"  (1,16); según Lucas, "Jesús, según se creía era hijo de José,  que a su vez lo era de Helí" (3,23).  Jacob o Helí. Algún  escritor antiguo dirá que Job y Helí eran hermanos y, por la "ley del levirato" (Dt 25,5-6), uno era el padre biológico y otro el legal... No se sabe.

Se llamase como se llamase su padre, de todos modos, lo que sí se vivía en aquella familia era el honor de saberse descendientes de David, el gran rey, el que representaba para los israelitas la esperanza de la renovación y el renacimiento nacional. Del linaje de David debía surgir un nuevo enviado de Dios que reconstruiría aquel pueblo destrozado. A José, desde luego, poco le quedaba de las glorias del antiguo rey: ni vivía en los lugares en los que más presentes estaban las tradiciones religiosas y nacionales (en algún momento, quién sabe cuándo, su familia había tenido que desplazarse al norte, a aquella región medio pagana de Galilea), ni puede exhibir ningún tipo de poder que recuerde aquella antigua realeza. Poco le queda de todo aquello. Pero sí le queda la conciencia, el alma. Como todos los buenos israelitas, el recuerdo de la antigua historia y las promesas de Dios repetidas una y otra vez, su proclamación en la reunión de cada sábado en la sinagoga, su celebración en las solemnes peregrinaciones a Jerusalén, sin duda encendían su corazón en el convencimiento de la fe y la fuerza de la esperanza. Pero si además, a todo esto se unía el saberse descendiente de aquél que más plenamente significaba los lazos de Dios con su pueblo, sin duda que todo se volvía entonces mucho más intenso: esa fe y esa esperanza se fortalecían  aún más,  se introducían en sus fibras más íntimas.

José es un hombre que cree, que espera, que confía. Y convierte esa fe y esa esperanza en realidad diaria: el evangelio, para definirlo, nos dice que era un hombre al que le salía de dentro ser bueno.

Centro de Pastoral litúrgica

Rivadeneyra 6 - 08002 Barcelona

 

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