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En Calella de la Costa

Publicado en Reflexiones

Calella de la Costa, provincia de Barcelona, diócesis de Gerona. Ahí está el Mediterráneo, cuna de culturas,
horizonte abierto al comercio, pan diario de algunos pescadores y belleza gratuita para todos. Las gentes siguen una vida tranquila y ordenada. El pueblo no se parecía al tumulto de hoy. Contaba con una población de 3.526 habitantes y pagaban contribución 92 telares circulares y 15 comunes.

La mayoría de las casas tienen un telar tradicional, donde siguen haciendo tejidos de manera artesanal aunque, hace ya un tiempo, que han aparecido los telares circulares, en algunas fábricas donde trabajan un buen número de mujeres y de hombres.

Aquí, a Calella, al amparo de su industria textil, llegaron en la segunda mitad de 1874 algunas mujeres procedentes de Aiguaviva. Venían con todos sus haberes recogidos en un pañuelo anudado. Traían, eso sí, otro tipo de riqueza guardada en el alma. Una riqueza nada espectacular, propia de los pobres de Yahvéh. Querían vivir el Evangelio, consagradas a Jesús de Nazaret, pero encontraban cerrados los caminos oficiales, a causa de su pobreza.

Conocemos los nombres de María Gri y María Comas, naturales de Fomells, que han pasado sirviendo por Aiguaviva y han sido encaminadas a Calella como lugar idóneo para su estilo de vida. Les orienta el párroco, D.Luis Martorell Tramujas. El P.Butiñá, jesuita bañolí, nacido en 1834, no sabía sus nombres, ni conocía sus rostros, pero las estaba buscando. Quieren trabajar para poder subsistir y buscan tener algo en común para ayudarse mutuamente en su vida cristiana. Se llaman a sí mismas trabajadoras cristianas.

Pasaron así el otoño, las Navidades... mientras todo iba madurando. . . Floreció la primavera pronto, casi por la Candelaria. Decidieron que dos de ellas comenzarían el 13 de febrero a vivir vida común, vida religiosa al estilo de las Siervas de San José de Salamanca, con su mismo Reglamento, (se lo dio el P. Butiñá manuscrito) y con su mismo nombre.

Era sábado, el 13 de aquel mes y año. Aquellas dos mujeres que habían encontrado cerradas las puertas del convento a causa de su pobreza, se encontraban, hoy, inaugurando, en el Taller, una nueva Comunidad. El día 15 fueron a trabajar como aprendices a una fábrica de medias. Luego tendrán, en casa, su propio Taller, una especie de cooperativa, al menos en sus sueños, con otras mujeres, con jóvenes, con niñas... Tienen delante el Taller de Nazaret y aspiran, humildemente, a convertir el trabajo en alabanza, a ser hermanas, a compartir con ellas el trabajo, el fruto del trabajo, la vida, la espiritualidad y el compromiso cristiano.

Mª Jesús Aguirre, fsj

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