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El Taller de Nazaret

Publicado en Textos congregacionales

El Taller de Nazaret«Las casas de la Congregación se denominarán Talleres de las Siervas de S. José siendo su ejemplar y modelo aquella pobre morada, en donde Jesús, María y José ganaban el propio sustento con el trabajo y sudor de su rostro». (Primeras Constituciones)

La Congregación, tomando la vida desde los orígenes, define hoy su razón de ser en la Iglesia desde una referencia a Nazaret: la llamada al seguimiento radical de Cristo que hemos recibido, se concreta para nosotras en seguir a Jesús el Artesano de Nazaret, al que contemplamos en su vida de trabajo sencillo y de familia, respondiendo así a la voluntad del Padre para llevar a cabo su plan de salvación.

Nuestra mirada a Nazaret se centra en el taller en donde Jesús, maría y José ganaban su propio sustento con el trabajo y sudor de sus rostros. Contemplamos y queremos imitar a la familia que trabaja y vive unida en el Señor, siendo así respuesta de Dios para el mundo del trabajo.
San José, que es el amo de Taller, es nuestro protector y modelo cercano para quien como una josefina quiere ser el alma y cabeza del nuevo Taller.
Nazaret no es sólo lugar de contemplación, ni solamente el lugar donde vamos a encontrar a Cristo y nos vamos a dejar encontrar por Él; es también lugar de identificación personal y comunitaria. Nuestra vida, nuestra comunidad josefina y apostólica tiene que irse conformando con los valores que reinaban en Nazaret, con las virtudes que allí se practicaban y con el clima de vida que allí se respiraba.
Nazaret es también lugar de evangelización o misión. La Congregación naca para hacer cercana la realidad de Nazaret a los trabajadores. Para convencerles de que es posible ser hombre y cristiano viviendo como allí se vivía, como aquí, en nuestro Taller se vive. Transmitir Nazaret forma parte de nuestra llamada y de nuestra forma de seguir a Jesús, es decir es también parte de nuestra espiritualidad.
1. Nazaret en los escritos del P. Butiñá

En las Constituciones, aún en las actuales, el contenido de Nazaret queda como condensado en unos pocos principios: las casas de la Congregación han de ser el nuevo Taller, y el modelo de toda la vida es la Sagrada Familia y el Protectores S. José. Pero en los libros que salieron de la pluma del P. Butiñá, algunos escritos antes de pensar en ninguna fundación y otros cuando ya existían las josefinas, podemos encontrar con riqueza de matices cuál es la vivencia que tiene Butiñá de Nazaret y qué es lo que quiere transmitir.

Entra, entremos, visitemos... ¿qué vemos?, ¿qué encontramos?, etcétera, son expresiones que se repiten con alguna frecuencia y que nos invitan a hacer el viaje que el P. Butiñá debió realizar muchas veces a Nazaret. Es una invitación a la contemplación, hecha según el método ignaciano de ver, oír... lo que allí se dice y se vive para servir allá mismo y para imitar en la propia vida después de haberlo conocido internamente. Lo que se nos invita a contemplar es la casa de Nazaret: la familia, el trabajo, el amor, el servicio, la alegría, la pobreza, la caridad y generosidad, la vida entrañable, cotidiana y familiar, la dicha, la pureza de intención, las diversiones y el descanso honesto, sencillo y familiar, y resumiendo, todas las virtudes.

Es la sagrada Familia en su realidad del taller la que se nos presenta como modelo. Porque Nazaret es una regla viva y esplendorosa de la vida activa y contemplativa. La vida de Jesús, María y José responden al plan de Dios: son las tres personas más nobles ocupadas en trabajos mecánicos, ignoradas del mundo pero atendidas por Dios. Este Nazaret, lugar pobre, de trabajadores manuales, fue elegido por Dios para fijar su morada aquí en la tierra.

Este sí que era un Taller convertido por la virtud de sus obreros en antesala del cielo.
Ahí en esa morada se pueden descubrir los verdaderos valores que constituyen la vida desde la raíz y que son una respuesta a Dios hecha en medio de los quehaceres ordinarios. Nazaret es el modelo de nuestra vida cristiana, por humilde que sea la profesión que ejerzamos.

En el taller de Nazaret, los tres miembros de la Familia pasaban el santo día trabajando, animándose mutuamente a servir a Dios nuestro señor avivando en sus corazones la llama del amor divino. Eran una familia feliz porque trabajaban con diligencia y pureza de intención para agradar a Dios, porque no tenían codicia ni ambicionaba lujos, porque eligieron esa vida y no se salieron nunca de ese estrato y porque practicaban la virtud.

En su casa era acogido el pobre y necesitado, quienes nunca se iban sin nada, aunque sus moradores no fueran ricos. Allí nunca sufría menoscabo el nombre del prójimo.

Reinaba la alegría porque además encontraban en los salmos y cánticos piadosos materia para aliviar su espíritu. Sabían disfrutar de la belleza y la amistad.

En el taller de Nazaret, en un trabajo pobre y duro se daba como en ningún otro lugar el encuentro con Dios y con el hermano, la realización plena de la persona y su persona y su felicidad.

Nazaret es una vida cercana, una espiritualidad al alcance de cualquiera, la prueba palpable de que se puede encontrar a Dios en el trabajo y de que se puede ser hombre desde otros valores que los que la sociedad ofrece. Ahí está el secreto de lo que el trabajador está buscando.

Jesús, José y María son en todo nuestra norma y guía; a los tres tenemos que agradar con nuestra vida, con nuestro trabaja y con nuestra oración. A los tres tenemos que pedirles las virtudes que necesitamos para llevar una vida cristiana y cumplir la voluntad del Padre en medio de los quehaceres cotidianos.

Algunos santos menestrales ya tomaron a Nazaret como modelo en sus trabajos y Dios se complacía en ellos como lo había hecho en el taller de Nazaret.

Cuando el P. Butiñá escribe las Constituciones de la Congregación, es verdad que no habla expresamente muchas veces de Nazaret, pero es fácil descubrir que todo el ambiente que va a reinar en estos Talleres está impregnado del espíritu que él ha contemplado en Nazaret.

Los nuevos Talleres de la Congregación, iluminados por la cercanía de Nazaret, vivificados por el mismo compromiso, quieren dar a Dios la gloria y la alabanza como se le daba allí en el trabajo, al mismo tiempo que quieren ser testimonio cercano para el trabajador actual.

La gran figura de Nazaret es la Familia entera. Lo que se dice de cada uno de sus miembros vale casi siempre para los otros y es muy difícil ver a cada uno por separado en el Nazaret que nos describe Butiñá. Con todo creemos que puede ayudarnos a una mejor comprensión y vivencia del misterio que se da en Nazaret, el aludir a Jesús, María y José haciendo referencia a algún aspecto que recalca como peculiar de cada unos de ellos.

¿Dónde fijará Dios sus ojos para fijar su morada?, se pregunta Butiñá en la Luz del menestral en alusión a la meditación que el libro de los Ejercicios nos propone para la encarnación y dándonos claramente a entender que Nazaret es un lugar querido y elegido por la Trinidad para que Jesús pasara allá la mayor parte de su estancia en la tierra.

Cuanto más se ahonda en el tema nos damos más cuenta que con toda justicia se puede decir en el número cuatro de las Constituciones que el «Carisma de la Congregación nace de la contemplación del misterio de Cristo en Nazaret» Ciertamente es este Jesús, el Artesano de Nazaret, el que nos llama y nos seduce, bajo cuya bandera queremos estar y con quien nos queremos identificar.

Se recalca muchas veces en los escritos de nuestro Fundador que el Taller de Nazaret es también lugar y modo de vida elegido por Jesús: quiso nacer... de unos pobres artesanos. Quiso vivir obediente a sus padres y se dedicó desde sus juveniles años con sumisión, paciencia y mansedumbre a los trabajos corporales que la Virgen y San José le imponían. Quiso enseñarnos con su ejemplo que la verdadera riqueza no está en la posesión de bienes... prefirió al brillo ilustre de una posición noble según el mundo las penalidades de un oficio humilde. Prefirió vida retirada y oculta.

Jesús eligió vivir así. Y lo hizo porque ahí estaba la verdadera riqueza, porque quería curar nuestra desobediencia y nuestro refinado orgullo, porque querría enseñarnos amor al trabajo. Lo eligió Él, que era el Rey de los cielos y tierra, el rey de la Gloria, el Hijo de Dios hecho hombre. En repetidas ocasiones señala Butiñá que Jesucristo pasó en Nazaret mucho tiempo, hasta los treinta años, desde sus juveniles años, la parte más floreciente de su vida. Es decir, no fue una elección pasajera.

En Nazaret se nos invita a mirar y admirar a Jesús en el taller; joven, humilde, afanoso, ocupado en trabajos poco nobles, según el mundo; obedeciendo a sus padres con sumisión y paciencia y mansedumbre, aprendiendo de San José, ganándose el sustento con el sudor de su rostro , sudando en el taller como pobre oficial.

Jesús en Nazaret no hizo milagros, ni para evitar el sufrimiento de sus padres.

Contemplando este misterio, impresiona el anonadamiento de Cristo en Nazaret.

Es una forma concreta de vivir el mesianismo de siervo que era el camino elegido por el Padre para llevar adelante la redención. Era la actualización cotidiana y monótona del himno de Filp. 2,6 ss.

El P. Butiñá pone la persona de Jesucristo cercana a los obreros, viviendo su misma realidad de trabajo: fatigas, dolores, pobreza, sumisión y vida oscura, cuando la teología de la época presentaba a Dios más bien lejano de la realidad diaria de los hombres.

Para nosotras, esta figura de Jesús adquiere una fuerza cada día mayor. Aquí está la bandera que se nos invita a seguir, para estar con Él y para ser como Él. Hay expresiones que nos recuerdan la llamad del Rey eternal y la meditación de Dos Banderas (Ejercicios).

Ahí, en Nazaret, Jesús cumple la voluntad del padre y lleva a cabo su plan de salvación.

Desde la llamada a un seguimiento radical de Jesús el Artesano de Nazaret adquiere raíz y sentido todo cuanto puede significar Nazaret para nuestra vida personal y congregacional. No hay miedo de construir en vano.

Las tres personas de Nazaret están contempladas por el P. Butiñá en si contexto de familia del taller. Así para con la figura de María. En algunos libros suyos podemos descubrir la devoción y cercanía, el reconocimiento de la grandeza de la Virgen que demuestra el P. Butiñá.

Pero en Nazaret, María es una modestísima menestrala, esposa de un carpintero, de la que Jesús se hizo hijo. Es un ama de casa, vestida pobre pero modestamente, aunque es madre del Rey de la Gloria. Recalca siempre en la economía de la salvación y la realidad que vive. Así dice también: es la reina de los Ángeles, con el huso en la mano, hilando como una pastorcilla.

Con José formaba un matrimonio feliz en medio de la pobreza, que no buscaba más que cumplir la voluntad de Dios. Como esposa no deseaba más que servir a José. Para resaltar lo extraordinario de la grandeza de María dice que es un regalo del Espíritu Santo para José. Hace de ella una figura atrayente y muy cercana destacando que es una mujer limpia, ordenada, hacendosa y que no pierde el tiempo. Es la más humilde de todas las criaturas.

Entre los tres miembros de la familia, y lo señala expresamente hablando de la Virgen, reina un gran cariño, que se extendía también a cuantos la visitaban y, sobretodo, a los pobres. Con éstos era siempre caritativa, pronta en ayudar al que lo necesitaba.

María tuvo que sufrir en el trabajo y en la pobreza, porque Jesús no quiso privarles del sufrimiento, para que su vida nos enseñara que no es l ausencia de dificultades lo que nos hace vivir felices ni nos ayuda a ser santos.

María de Nazaret es maestra de cristianos fervorosos.

Como era de esperar de quien pone la Congregación bajo el patrocinio de San José, gran parte de su literatura espiritual la dedica el P. Fundador al santo patriarca de Nazaret. A las josefinas nos las propone como Abogado y Protector, como modelo en su papel de cabeza del Taller y nos pide entrar en su servicio, honrarle a él y a quienes fueron sus devotos y llegar a ser verdaderas siervas suyas. En el nacimiento de la Congregación ce cómo San José nos bendice.

La figura de San José aparece muy pronto en sus escritos, ya en las cartas a su familia, pidiéndoles que sean muy devotos suyos, que de él aprenderán atrabajar como buenos cristianos, que le encomienden todos sus negocios y sean generosos a gloria de san José.

¿Quién es san José? Un humilde menestral, ocupado en las humildes tareas de carpintero roda la vida. No se da de menos por tener que ganar el sustento de su familia con el sudor de sus brazos. Por su propia elección y con gran contento de su alma se hizo pobre, de manera que a su muerte nada tuvo que dejar a no ser sus herramientas.

Esta elección correspondía a la elección de Dios, que quiso que ejerciera el oficio de pobre artesano, como prueba d que en ocupaciones sencillas se puede ser santo. Es modelo de todos los artesanos; nadie le vio jamás salir de la humilde esfera de solícito carpintero.

José es el nombre de un pobre carpintero escogido por el eterno padre por Esposo de la Virgen, Padre de Jesús, amo de la sagrada familia, fiel custodio de Jesús y María.

No pretendía sino el beneplácito de Dios y darle gloria con todas sus obras. El amor de Dios era el único inspirador de sus acciones, el único móvil de su corazón: si hablaba, si comía, si trabajaba, si oraba, si leía era sólo por amor de Dios.

En José el carpintero de Nazaret destacan las actitudes y virtudes y virtudes que vive en el trabajo: todos los días se entregaba a su trabajo con obediencia, pureza de intención, espíritu de caridad y celo de la divina gloria. Se afanaba con gozo sin perder un momento de tiempo persuadido de que el Todopoderoso se complací en sus fatigas y, proseguía en su trabajo siempre contento y diligente callando y bendiciendo a Dios. Era feliz porque sabía bellamente hermanas el trabajo con la oración y jamás ponía la mano en herramienta alguna sin ofrecerlo todo a gloria y a mayor gloria del Altísimo.

Ponía todos sus sentidos y potencias para que las piezas por él labradas saliesen bien acabadas y primorosas.

Pasaba fatigas y sudores para ganar el sustento de la familia e incluso permitía el señor que se viera algunos días sin trabajo, sufriendo, a fin de enseñarnos que por grandes que sean las fatigas podemos vivir como se vivía en Nazaret.

José fue especialmente humilde y pobre; alternaba a gusto con los pobres y sencillos y era generoso a pesar de su pobreza.

En su humilde oficio supo llenar los elevados fines a que Dios le había destinado. El P. Butiñá hace el elogio más grande de San José cuando dice de él: pobre de corazón, manso, limpio y verdaderamente justo, practicasteis las Bienaventuranzas antes de que brotase de los labios del Divino Maestro.

José de Nazaret amaba con cariño entrañable y con ternura a María y a Jesús. Por ellos trabajaba y se desvivía y su presencia continua en el taller hacía acrecentar el afecto y la comprensión íntima del misterio que tenía lugar en Nazaret. En ese taller no era difícil hermanar la oración con el trabajo, porque fácilmente acudían al corazón afectos santos. Así José embellecía todas sus obras con la más elevada contemplación.

El P. Butiñá nos invita una vez más a contemplar y admirar en Nazaret: cómo José enseñaba a Jesús en pobre taller las tareas de carpintero, qué sentiría cuando viera a Jesús sudar como un pobre oficial, con qué actitudes se entregaba todos los días al trabajo. De la contemplación aprendemos dónde está la verdadera riqueza y, reconocemos que son humo y vaciedad las grandezas que el mundo ambiciona. De la contemplación también nos brotará el deseo de servir en el Taller a José y a Jesús el señor.

A José nos enseña a pedirle corazón puro para servir a Jesús y María, vigilancia y celo para acrecentar la gracia; quiere que nos conceda un corazón sencillo, fortaleza y paciencia y saber descansar en la Providencia.

San José es para todos los artesanos y trabajadores espejo de perfección y santidad. Si procurásemos ajustar nuestra conducta a su vida, la paz reinaría en las personas, en las familias y en los pueblos.

Este José. El carpintero de Nazaret, el jefe del taller, es el protector de la Congregación, el modelo para cada josefina.

2. Nazaret hoy
En las Constituciones actuales Nazaret es el hilo conductor de todos los capítulos, y aparece así como el proyecto de nuestra vida. Se puede decir con verdad que ahí está condensada nuestra espiritualidad y, que de ahí surgen los matices propios en la vivencia de los consejos evangélicos y de toda la vida consagrada.
Porque ha así lo ha definido la Congregación e incluso porque asó lo expresamos y aceptamos todas, podemos decir que el Taller de Nazaret es la faceta del Evangelio, de la vida de Jesús a la que nos sentimos llamadas especialmente. Esta llamada se ha hecho más explícita al seguir el mandato que la Iglesia nos hizo en el Concilio de volver a nuestros orígenes, entroncando con lo que ya vivían las Hermanas y con la gracia original del Carisma.
Esta llamada actual a Nazaret no es a llevar a cabo una copia de la realidad histórica que vivieron Jesús, maría y José, ni siquiera de la que vivieron nuestras primeras Hermanas. Es una llamada a poner al día valores y actitudes del taller que hoy seguimos necesitando.
¿Qué es hoy Nazaret para nosotras? Nuestra mirada, como en los orígenes, se centra en el Taller, donde vive y trabaja la Familia. Todo cuanto encontramos expresado por nuestros Fundadores sigue siendo válido a la hora de iluminar nuestra comprensión de Nazaret.
La espiritualidad de Nazaret es un don. Consideramos ya una gracia el hecho mismo de haber recibido esta llamada, porque ha sido Dios quien ha puesto en nuestros corazones el deseo de entrar en Nazaret, se seguir allí a Jesús y de servir desde ahí a nuestros hermanos. Y sabemos que contemplar Nazaret, configurar nuestra vida según este modelo y transmitirlo a los hombres, es algo que no podemos hacer por nuestras propias fuerzas. Por eso nuestra oración es insistente pidiendo al padre que nos ponga en Nazaret, que nos enseñe y ayude a penetrar por la contemplación en el misterio de esa vida, para que desde el conocimiento interno brote nuestro amor y compromiso.
La Congregación entera sigue escuchando esa llamada que viene desde el comienzo para ser hoy en el mundo del trabajo un modelo cercano, una expresión contemporánea de Nazaret que haga patente la cercanía de Dios el mundo del trabajo, como lo hizo la vida de Cristo el Artesano.
Para que esta experiencia se haga realidad, Nazaret se convierte en un proyecto que interroga a cada josefina: ¿quieres convertir tu vida a Nazaret?, ¿quieres tú ser hoy Nazaret? El P. Butiñá nos hará mucho mejor esta pregunta al decir: « ¿Estás contenta de seguir sirviendo al señor en el taller de su padre virginal?» .
Nazaret encierra una espiritualidad tan amplia, como toda la espiritualidad cristiana, que nunca llegaremos a vivirla del todo. Al mismo tiempo es tan sencilla, tan cotidiana, tan al alcance de cualquiera que se resiste a que hagamos con ella esquemas y montajes.
Nazaret, seguramente como todo el Evangelio, se vive en la pobreza y sencillez, en el anonimato y en la no clasificación.
En Nazaret, como tan bien se nos presenta en los escritos del P. Butiñá, se muestran unas facetas peculiares de la vida de Cristo, una forma concreta de vivir y de llevar a cabo su plan de salvación. Es un misterio de sencillez, de silencio, de anonimato y humildad. De Nazaret se puede decir expresamente que fue donde Jesús «no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se despojó de su rango tomando la condición de siervo y pasando por unos de tantos» .
En Nazaret contemplamos la experiencia humana de Dios. En este misterio de la vida oculta, Dios asumió el anonimato, la cotidianeidad y monotonía de la vida, para asumir la realidad humana des la raíz y liberar al hombre en su totalidad. Asumió de forma especial el trabajo del hombre, duro, largo, cansado y sin alicientes como podía ser el de un pobre artesano de un pequeño pueblo.
Nazaret es durante muchos años es una forma diaria de vivir lo que luego va a ser la predicación y la vida pública de Jesús: ausencia de poder y de prestigio, de eficacia o utilitarismo y de competitividad. De ahí la pregunta de sus coetáneos: « ¿De Nazaret puede salir algo bueno?» .
Así el taller de José se convierte en un lugar de redención más cercano y accesible al hombre. Dios nos redime en Jesús de Nazaret. LO salvífico está en hacer la voluntad del Padre, esa voluntad a la que toda la Familia está abierta de forma incondicional y que constituye el eje y motor de la vida del trabajo. Nazaret es sometimiento a las circunstancias de cada día, a cada situación histórica, sin prepararlas ni elegirlas, en las que saben leer ese hilo conductor del amor y de la voluntad salvífica de Dios que se expresa y se realiza encarnándose en la trama de la vida. Nazaret, por esa actitud de la Sagrada Familia denuncia nuestra autosuficiencia y nuestra voluntad de autonomía.
En la vida de los moradores del taller de Nazaret descubrimos vivido y condensado el mensaje evangélico, la realización de las bienaventuranzas, ciertamente de una forma no espectacular ni llamativa, de manera que el Evangelio no tiene casi nada que decir de Nazaret. Así se nos revela que la realización de la persona, según el modelo de Cristo, supone la aceptación de esos valores evangélicos que están en abierta contradicción de lo que hoy se busca. Pero Nazaret nos revela una posibilidad de ser hombres plenamente.
En Nazaret se vive el encuentro con Dios en la totalidad de la vida, de forma especial en las relaciones familiares y en la tarea cotidiana, en el trabajo que es para muchos hoy lugar donde se oscurece su presencia. Nazaret sólo puede ser comprendido y vivido desde la fe.
Para nosotras, Nazaret no es sólo pregunta y contemplación personal. El compromiso por Nazaret es nuestra vocación como Congregación. Comunitaria y Congregacionalmente referimos nuestra vida al taller de Nazaret, para ayudarnos a convertirnos a él y, para que nuestra fraternidad y nuestra misión lo testimonien en la Iglesia, especialmente en el mudo del trabajo.
La comunidad josefina mira a Nazaret como a una de sus razones de ser , como modelo y fuerza de fraternidad, de relación cordial y de acogida, de perdón y de servicio al otro; Nazaret es para nuestra fraternidad modelo de pobreza y sencillez tanto en las actitudes personales como en todo lo que constituye la vida de una comunidad.
En nuestra misión, Nazaret es el punto de partida, el mensaje que queremos hacer presente, la faceta de Cristo que estamos llamadas a transmitir. Nazaret nos ilumina en la elección de nuestras tareas y en la dedicación a nuestros destinatarios. Desde el taller aprendemos a ser de Dios y del hermano en el trabajo, a convertir nuestra acción en contemplación y en encuentro fraterno. Nazaret-Taller como familia que trabaja y vive unida es una imagen muy importante para nosotras, la que nos impulsa desde nuestra pobreza a tratar de crear fraternidad en el mundo difícil de los que trabajamos juntos.
Nuestro empeño y compromiso con Nazaret nos lleva también a ofrecerlo como camino de realización cristiana a todos aquellos a quienes podemos hacer llegar nuestro mensaje, especialmente a la mujer trabajadora.
Un aspecto de Nazaret que se ha resaltado siempre entre nosotras ha sido el de la sencillez, sobre todo partiendo de la definición que hacía el P. Butiñá. «Es un Instituto bendecido por el señor con gran espíritu de sencillez, caridad mutua y gran amor al trabajo» Sobre este tema no hay muchas referencias explícitas; por tanto en la literatura del Fundador sobre Nazaret como en los documentos de la Congregación viene a ser la sencillez como un ambiente, como un clima y un estilo de vida que lo impregna todo y que se manifiesta en todo. Claramente se nos dice que es un don, por tanto, algo que hay que pedir y agradecer al señor. Viviéndolo sin alardes (que sería lo opuesto), convencidas de que constantemente tendremos que ir convirtiendo nuestro corazón y toda nuestra vida a la verdadera sencillez evangélica.
Como todos los valores que constituyen una vocación común en la Iglesia, la sencillez es una llamada personal y comunitaria. Nos lleva a vivir en la fe, en la pobreza y en la apertura a Dios, características de aquellos por quienes Jesús alaba al Padre: «Te doy gracias... porque has revelado esto a los sencillos» . Nos invita a la unidad y coherencia interior, que son camino para la sinceridad, la franqueza y la transparencia, porque lo sencillo es fácil de comprender.
Humildad y sencillez van siempre de la mano y no se da la una sin la otra. Como a San José, esta forma de ser nos llevará a la acogida fraterna a todos, especialmente a los pobres.
Este don y llamada a la sencillez abarca a toda la Congregación. Somos una Congregación de trabajadoras, que elegimos vivir así y guiarnos en la vida, en nuestra profesión y en nuestro servicio por criterios que nos sean eficacistas, espectaculares ni buscadores de prestigio.
En el taller de Nazaret, en la actitud de Jesús, María y José, en la elección de vida que hacen los tres y en todo lo que les rodea aprendemos cómo ser sencillas hoy.

Documentos Capitulares, 1986

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