Caminar como discípulos

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De San Ignacio de Loyola

“Demandar lo que quiero: será aquí demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga”.

EE 104

De Francisco Butiñá, SJ

“Se complacía en tratar con los pobres y humildes, acogía con caridad a los pecadores arrepentidos, enseñaba con paciencia a los ignorantes y sin acepción de personas, ni humanos respetos, reprendía los vicios y animaba a la virtud, confirmando con maravillas su doctrina”.

La Joya del cristiá

En la vida, hay pocas cosas que puedan hacerse solo por fuerza de voluntad. En la práctica, lo que nos toca el afecto es lo que realmente nos mueve. Lo afectivo es lo efectivo. Por eso, el seguimiento de Jesús solo es posible cuando el corazón ha sido alcanzado.

Hay que gastar tiempo para estar con Él, para conocerle más. Y al conocerle más, quererle más. Y queriéndole más, seguirle con mayor intensidad. Nadie nos lo tendrá que imponer, ni siquiera nosotros mismos. Esta es la única actitud posible para vivir como discípulos y amigos del Señor. Si no es desde ahí, desde abrir el evangelio y emocionarnos, no tendremos más que un listado de cosas que cumplir o propósitos que perseguir, pero con el tiempo se irán esfumando.

El relato evangélico nos habla de esto mismo, cuando dice que los que escuchaban a Jesús o veían sus obras se quedaban admirados. Hemos de dejarnos afectar por cómo Él actúa, cómo habla, cómo reacciona, cómo reza… y pedir con insistencia que su modo de proceder se nos vaya metiendo en el alma.

En su vida pública Jesús actúa y se expresa con el mismo estilo aprendido en Nazaret. Jesús rompe esquemas, de manera que los mismos discípulos, que debían estar muy encariñados con Él, se extrañan y abren los ojos como platos.

Jesús reza de manera distinta. Elige gente pobre y sin influencias para implicarlos en su misión. Se pasa la vida entre los marginados, los que no cuentan para nada. Toca a los leprosos sin temor a la impureza. Afronta el conflicto con los poderosos. Vive con una gran libertad, incluso ante su familia. Y, en medio de todo esto, tan contracultural, tan sorprendente, irradia paz y alegría.

Los Ejercicios Espirituales son ese tiempo que nos permite mirar a Jesús como ALGUIEN NUEVO, como “nuevo” lo vieron y lo fueron conociendo sus discípulos. Solo podremos vivir como Él, cuando nos llenemos de afecto por  Él. Entonces su estilo será “naturalmente” nuestro estilo.

¡Felices! ¡Bienaventurados!

Lee el texto: Mt 5, 1-12

Imagina la escena. Jesús sube a la montaña. Sus discípulos se acercan. Tú también. Es un escenario especial, que anuncia que algo excepcional va a acontecer. Vas a recibir una revelación tan sorprendente que lo único que puedes hacer es acercarte, escuchar, acoger, vibrar, pedir…

El texto de Mateo refleja una perspectiva interior y espiritual: bienaventurados los que eligen ser pobres. No han de tomarse como un mandato, sino como un horizonte.

Este es un fragmento autobiográfico. Es como un autorretrato de Jesús. Jesús es el hombre de las bienaventuranzas. La felicidad de Dios consiste en extender la bondad, la justicia, el amor… Participar de esta felicidad de Dios trae consigo consecuencias, sufrimientos, pero sobre todo una profunda dicha, verdad, luz, paz…

Jesús se dirige a una muchedumbre de excluidos. En aquel contexto eran excluidos no solo de la sociedad, sino también del Templo (aquella cultura consideraba que la enfermedad, la pobreza, la desgracia era consecuencia del pecado). Jesús les incluye en el Reino de Dios, en la comunidad humana.

Dedica un tiempo a reflectir, es decir,  habiendo contemplado el texto, pregúntate qué te dice a ti personalmente, cómo ilumina tu vida.

Jesús no pregunta: “¿Eres capaz?”, sino más bien: “¿estás dispuesto?”

Consigna para el día de hoy: 

Piensa en la bienaventuranza con la que más te identificas. ¿Cómo la vives en la vida cotidiana? 

Bienaventuranza significa alegría… Escribe tu bienaventuranza personal sobre una gran sonrisa.  

Santos de la puerta de al lado

El Papa Francisco habla de “los santos de la puerta de al lado” que son los varones y mujeres del pueblo de Dios: “los padres que crían con tanto amor a sus hijos, los hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, los enfermos, las religiosas ancianas que siguen sonriendo (…) son aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios” (n.7). También el Papa dice que la santidad excede los límites de la iglesia católica porque el Espíritu suscita signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo” (n. 9).


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