EL LLAMAMIENTO DEL REY

“No temas, desde ahora serás pescador de hombres. Y después de arrimar las barcas a tierra, dejaron todo y le siguieron”.

Lc 15, 10

 

Petición

“Demandar la gracia que quiero, será aquí pedir gracia a nuestro Señor, para que no sea sordo a su llamamiento, sino presto y diligente para cumplir su santa voluntad” (EE núm. 91).

 

Somos llamados por Jesús

Sobre nuestra debilidad aparece el amor de Dios e inmediatamente el amor de Dios se convierte en llamada. Al sentirnos incondicionalmente perdonados, experimentamos un deseo de entrega. El Señor, a pesar de nuestra fragilidad, sigue contando con nosotros. Es más, Él nos necesita para su Misión.

En el pasaje de Lc 5, 1-11,  Pedro se reconoce pecador y Jesús no lo desmiente. No le ofrece un consuelo barato, no le dice: “no te preocupes, no eres tan malo”. Lo que Jesús le dice a Pedro es “sígueme”. Lo que tú eres, tal como eres, por débil y limitado que te parezca, el Señor lo necesita y puede ponerlo al servicio del Reino de Dios.

¿Qué significa esta llamada?

Ignacio de Loyola propone una parábola,  “el llamamiento del Rey Eternal”, que se entiende en el contexto de su época y de su proceso vital. Él ha sido soldado y por ello propone al ejercitante imaginar a un rey que invita a realizar una gran misión junto a él. Puesto que se trata de “un rey tan liberal y tan humano”, lo lógico será aceptar esa invitación.  Si esto es así, con cuánta más razón, si es Cristo el que llama, la respuesta será ofrecerse, ponerse del todo a disposición del Señor: ser elegido y recibido debajo de su bandera.

A la llamada del Señor se puede responder de distintos modos. Se puede responder desde la lógica, como quien reconoce una llamada interesante y ofrece su persona al trabajo. Pero para Ignacio no se trata solo de trabajo. Al Señor tenemos que responderle desde el corazón, desde el amor. No se trata de una convocatoria para trabajar, sino para estar y vivir como Él. Es una llamada desde el afecto a la que se ha de responder con afecto, con el corazón.

Seguramente, cuando Butiñá explicaba los Ejercicios Espirituales, como buen hijo espiritual de San Ignacio, proponía esta misma parábola. Así la encontramos, por ejemplo, descrita con detalle en la “Joya del cristià”.

Pero en “Cristo y los Obreros” tiene una frase muy entrañable, como nacida  del deseo de concretar para los trabajadores la presentación de ese Cristo que llama:

“Voy a presentarte la figura de Cristo Obrero, para que la tengas siempre presente en tu corazón”.

¿No sería esta una nueva parábola, la de imaginar a un Cristo Obrero, que solicita personas que quieran apuntarse para vivir y trabajar en el Taller, con Él y como Él?

 

Para la oración

Nos ponemos en la situación de aquellos, llamados por el Rey Eternal; expresamos con nuestras palabras nuestros deseos de seguirle, le decimos que cuente con nosotros, para todo, para siempre.

Ese Rey Eternal, entre nosotros, es Jesús de Nazaret, el Artesano, a quien hemos conocido de mano del P. Butiñá,  que nos ha ayudado a descubrir el sentido de la vida cotidiana,  que nos pone en medio del trabajo para convertirlo en alabanza y servicio.

Otra posibilidad consiste en imaginar nuestra propia parábola, la que transcurre en nuestro contexto, en nuestra casa. Quizás, imaginar que Jesús se sienta a mi lado. Repetirle lo que siempre solemos decirle, pero quedarnos también callados, hacer silencio para escuchar cómo el Señor nos dice que nos quiere, que nos necesita, que cuenta con nosotros.

Y trasladarnos con la imaginación al lugar habitual de nuestra tarea e imaginarnos a Jesús que viene allí,  a nuestro encuentro, a interesarse por lo que hacemos y cómo lo hacemos.

MI NOMBRE EN TUS LABIOS

Escuché de ti mi nombre
como nunca antes.
No había en tu voz reproche
ni condiciones.
Mi nombre, en tus labios,
era canto de amor,
era caricia, y pacto.
Con solo una palabra,
estabas contando mi historia.
Era el relato de una vida,
que, narrada por ti
se convertía en oportunidad.

Descubrí que comprendías
los torbellinos de siempre,
las heridas de antaño,
las derrotas de a veces,
los anhelos de ahora,
y aún sin saber del todo
en qué creía yo,
tú creías en mí,
más que yo mismo.

Así, mi nombre en tus labios
rompió los diques
que atenazaban la esperanza.
 
José María R. Olaizola, SJ

Para compartir:

Seguir a Jesús, responder a ese seguimiento, es situarnos en un horizonte abierto, esperanzador, que nos desafía y pacifica a un tiempo. Busca una fotografía (también la puedes hacer en este momento) que para ti exprese o simbolice la llamada al seguimiento de Jesús. Compártela por el grupo (si quieres puedes añadir una breve frase explicativa).

Agradecemos todos la vocación de todos y rezamos unos por otros para que el Señor nos conceda el don de la fidelidad.