La llamada del Señor

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De San Ignacio de Loyola

El primer punto es poner delante de mí un rey humano, elegido de mano de Dios nuestro Señor, a quien hacen reverencia y obedecen todos los príncipes y todos hombres cristianos. El segundo: mirar como este rey habla a todos los suyos, diciendo: “Mi voluntad es de conquistar toda la tierra de infieles; por tanto, quien quisiere venir conmigo, ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria como la ha tenido en los trabajos”. El tercero: considerar qué deben responder los buenos súbditos a rey tan liberal y tan humano…

…Si tal vocación consideramos del rey temporal a sus súbditos, cuánto es cosa más digna de consideración ver a Cristo nuestro Señor, rey eterno, y delante de Él todo el universo mundo, al cual y cada uno en particular llama y dice: “Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, porque, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”. 

Los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su Rey Eterno y Señor Universal, no solamente ofrecerán sus personas al trabajo… también se entregarán diciendo:

“Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación con vuestro favor y ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa y de todos los santos y santas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi determinación deliberada, solo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como espiritual, queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y estado”.

San Ignacio de Loyola, EE 91-98  

De Francisco Butiñá, SJ

Seguid encomendándome al Señor y pedidle que me dé el verdadero espíritu de la Compañía. Vuestro hijo, que en Jesús os ama con todo el corazón,

Salamanca 25 Septiembre de 1857, Francisco Butiñá a sus padres.

 

 ¿Queréis saber cuándo os iré a ver? Se me hace difícil, por no decir imposible, contestaros a esa pregunta. Como soldados de la Compañía de Jesús, participamos de la movilidad de los soldados, sujetos siempre a la voz del capitán en todo lo que sea servicio y gloria de Dios. Por lo tanto, nunca podemos prometer dónde estaremos mañana.

 León 31 Enero de 1867, Francisco Butiñá a su padre, Salvador.

 

Agradezco tus ofrecimientos de que vaya a ésa en caso de cólera, pero debes saber que un buen religioso depende en todo de la voluntad de los superiores; y, aunque me permitieran escapar del azote, no lo haría para sacrificarme a la asistencia y consuelo de los apestados. Un buen soldado no huye el combate sino que lo busca.

 Sarriá (Barcelona), 22 Agosto de 1884, Francisco B. a Teresa Butiñá, con motivo de la epidemia de cólera.

 

Mi muy querido sobrino: te felicito tal vez el último año para el día de tu santo 24 del corriente, día de mi entrada en la Compañía. Encomendadme mucho a Dios para que me conceda una santa muerte.

Que las logréis felicísimas, como yo deseo.

 A su sobrino Martirián Butiñá, Tarragona, octubre de 1899

Seguir al Señor es una forma de servir.

Nuestras maneras de servir serán tan ricas y profundas como nuestras maneras de amar.

En el proceso de los Ejercicios Espirituales, nos introducimos en una etapa muy especial, en la que pedimos la identificación con Cristo. Habiendo experimentado la misericordia de Dios, estamos en situación de agradecimiento y movilización, dispuestos para acoger la llamada del Señor y responder, configurando nuestra vida con la suya.

San Ignacio concibió los Ejercicios Espirituales para ayudar a las personas a hacer elección, es decir, para elegir lo que el hombre, la mujer descubre como voluntad de Dios para la propia vida.

Las grandes elecciones se hacen en momentos excepcionales de la vida. Pero son muchas las pequeñas elecciones cotidianas que tenemos que hacer y que, de alguna manera, forman parte de nuestra llamada o VOCACIÓN.

Para situar al ejercitante en ese contexto, Ignacio explica una parábola, en la que el “Rey Eternal” se dirige a cada uno de nosotros con una pregunta: “¿Quieres seguirme?” Quien llama es un rey tan liberal (generoso) y tan humano, un hombre libre que genera libertad, un hombre de Dios, habitado por Dios que invita a ser de Dios, un salvador universal, pero inclinado hacia los humillados de la tierra.

Se trata de escuchar de nuevo esta llamada que, seguramente, en algún momento, ya ha sido muy importante para cada uno de nosotros. Se trata de ver si, hoy, esta misma pregunta es más honda, más totalizante, si la sentimos más amorosa:

  • La llamada se dirige a todos. Toda persona tiene una vocación que debe descubrir para dar unidad a su vida. Todo cristiano escucha una llamada a ser configurado con Cristo y trabajar con Él.
  • La llamada parte de una persona, no solo de una causa. Mientras Jesús no llegue al corazón, podemos emprender obras heroicas, pero no nos llenarán. Por eso, antes de nada, es preciso preguntarse: quién es Jesús para mí.
  • Una vocación es algo que siempre queda delante. A veces, intentamos volver, con cierta nostalgia, al punto de partida, al momento en que descubrimos nuestra vocación. Hacer memoria de ese momento puede ayudarnos, pero no para quedarnos ahí. Una vocación no es un tesoro que cuidar, sino una vida que recorrer como proceso. Por eso, siempre es preciso volver a pedir “no ser sordo a su llamamiento, sino presto y diligente en seguir su santísima voluntad” (EE. 91). Aquí y ahora, la llamada sigue siendo nueva para mí.
  • La vocación permite dar sentido a la vida al “consagrar sus personas al trabajo”. Este trabajo no solo es una tarea apostólica, sino todo trabajo humano. Toda tarea tiene un puesto en el Reino, todo es expresión de la voluntad del Padre y no hay ninguna ocupación que podemos considerar profana o secular. En realidad, a todos se nos invita a entregarnos al trabajo a partir de la situación en que estemos.

Pero, además, en el Ejercicio que propone San Ignacio, se invita a una superación.  Para “señalarse en todo servicio del Señor” no se trata solo de realizar tal o cual tarea, sino arraigar en nosotros un modo de realizarla: el modo propio del Señor. Sabiendo que este modo del Señor es el del “siervo” que nos ha amado hasta el extremo. Este camino nos llevará a “combatir” todo lo que es amor propio, pero no por imposición, sino por inclinación del corazón, que en todo quiere empezar a vivir “contigo y como tú”.

Cuando alguien se enamora, se le nota, se le cambia la cara y la vida, adquiere una alegría, una disposición, un ánimo especial. Esa es la experiencia con Jesús. En mi vida se tiene que notar, como se nota un enamoramiento. Todo lo que se vive adquiriere un sentido nuevo cuando se vive con el Señor: una relación difícil, un problema en el trabajo, una enfermedad, una jubilación, una despedida…

Hemos transcrito arriba el texto de Ignacio: una parábola del siglo XVI que movió muchos corazones al seguimiento radical de Cristo. Quizás hoy podemos construir nuestra propia parábola. ¿A quién consideramos admirable y elegido de la mano de Dios? ¿Y qué pasaría si justamente esta persona maravillosa nos invitara a trabajar con él y como él? Pues ahora, imagina que la invitación viene, nada más y nada menos, que de Jesús, el Señor. Pide, con toda tu alma, no ser sordo a su llamada, porque en su compañía encontrarás la vida verdadera.

Consigna para este día

Inspirándote en esta canción y en el contenido de la oración de este día, haz una fotografía o escribe una frase que refleje tu “enamoramiento” del Señor Jesús. 

“Si no consigo barco, iré nadando”

FRANCISCO JAVIER, SJ

Conoce la vida de San Francisco Javier


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