Un Dios que trabaja

En los años 40 ó 50 de nuestra era, en el Oriente del Mare Nostrum, un pequeño movimiento de hombres y mujeres hablan con decisión de un tal Jesús de Nazaret, que a pesar de haber sido crucificado, dicen que vive para siempre.

Todo podría quedar en nada, es decir, en una aguda observación, que sentencia el fenómeno considerándolos fanáticos, exaltados e ignorantes. Pero la cuestión no acaba ahí. Lo asombroso es que la predicación de Jesús Resucitado va acompañada de gestos y actitudes realmente novedosas, que trastocan los esquemas convencionales. ¿Quiénes son estos creyentes? ¿Qué está pasando con ellos?

Han constituido una verdadera comunidad, donde todo lo ponen en común. Se ayudan mutuamente y socorren a otros en sus necesidades. No tienen miedo de la persecución, viven alegres, convencidos…. Por eso, por inaudito que sea su mensaje, algo en sus palabras sabe a vida verdadera.

¿Cómo y dónde empezó todo? Ese tal Jesús era natural de Nazaret, el hijo del carpintero. Los testigos de su muerte y resurrección no parecen tener muchas noticias de su vida oculta, apenas hablan de ello y sólo lo harán después de varias generaciones de creyentes. Pero los hechos y dichos que cuentan sobre Jesús reflejan una personalidad extraordinaria: un hombre acostumbrado a largas caminatas, noches sin dormir y días sin comer, despreocupado de sí mismo, volcado en los demás, con una gran capacidad de relación con toda clase de personas, acostumbrado a leer las señales de la naturaleza, la mirada de las personas y los signos de los tiempos, de una especial sensibilidad ante todo lo humano y ante todo lo divino, capaz de llorar, emocionarse, gritar, denunciar y pronunciar palabras de perdón y consuelo.

¿Cómo y dónde empezó todo? ¿Cómo y dónde se forjó esta rica personalidad? ¿Cómo y dónde se fraguó esta fortaleza humana, este encanto divino? La respuesta está en los largos años de la vida oculta en Nazaret. Los testigos lo dirán de forma muy breve: “Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia…” Crecía trabajando. Trabajando se asoma al misterio de lo que significa ser hombre: lucha, realización, sufrimiento, superación, limitación, anonimato, satisfacción, cooperación, corresponsabilidad, servicio… Trabajando se asoma también, probablemente, al Misterio de Dios, a la obra de Dios en cada persona, comparable a una construcción sobre roca, una paciente y esperanzada siembra o el silencioso proceso por el que fermenta el pan.

Hace más de un siglo, Francisco Butiñá contemplaba con admiración una hermosa paradoja: Dios todopoderoso y eterno pone sus ojos para elegir morada en la humilde casita de unos obreros. No es una decisión pasajera. Marcará el destino del Hijo. La encarnación se realiza en ese molde y no en otro. Será para siempre Nazareno.

Hoy nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, acostumbrados a casi todo, somos emplazados a entrar de puntillas y silenciosamente en el corazón de la realidad y asomarnos con fe al misterio de un Dios que trabaja, que asume desde dentro la vida cotidiana de miles de millones de seres humanos del mundo entero. ¿Será posible? ¿Tiene sentido? ¿Por qué? ¿Para qué?

Déjate de preguntas y abre tu corazón a la novedad de Dios. Déjate seducir por su Hijo, hecho Obrero, por su fortaleza humana, por su encanto divino. Recuerda, que todo se forjó en Nazaret, en casa del carpintero. Dios que trabaja y que lo hace como tú y contigo. Y eso, sólo es el comienzo. El evangelio de Nazaret tiene muchos matices que podemos seguir compartiendo. ¿Te gustaría conocerlo?

Ana Romero fsj