“Voy a presentarte la figura de Cristo Obrero,

para que la tengas siempre presente en tu corazón”.

Francisco Butiñá, “Cristo y los obreros”

Lc 2, 52.

Nazaret es un lugar concreto, sometido a lo finito. En ese lugar concreto, Dios se hace presente. Dios salva cada día en lo cotidiano de la vida.

Nazaret es lugar de relación. Lugar de familia. Lugar de convivencia con los vecinos. Muchas historias que Jesús explica en la vida pública son experiencia de lo aprendido en Nazaret. Jesús aprende en la relación con la gente. El mundo de las relaciones es también salvador. Siempre tenemos esa posibilidad de reconocer en el otro la presencia de Dios.

Nazaret es lugar de trabajo. El trabajo, cualquier trabajo es lugar de bendición de Dios. El cansancio es también bendición de Dios. Nazaret, lugar del otro, del diferente. En Nazaret Jesús está atento a todo. Aunque Jesús es artesano, está atento a las tareas del campo. Aprende de sus vecinos, de la gente, de los diferentes. Descubre y valora lo que hace el otro.

Nazaret es lugar búsqueda. Jesús crecía. No tenía un plan. Jesús tiene que aprender. Este aspecto tan humano es muy importante. Jesús tiene que ir descubriendo la voluntad del Padre sobre su vida, poco a poco, como todos nosotros.

Contemplamos a Jesús en lo cotidiano, en lo humilde y escondido de Nazaret. Lo hacemos de manera gratuita, sin buscar grandes revelaciones. Sencillamente nos dejamos afectar por la presencia de Dios hecho uno con nosotros, Cristo Obrero, artesano, trabajando con sus manos; asumiendo, desde abajo, una de las experiencias más humanas y más universales: trabajar.

Y que esta imagen nos maraville… nos seduzca… Y nos lleve a dirigir, de nuevo, la mirada hacia nuestra vida cotidiana, hacia nuestro trabajo, hacia nuestro Nazaret.

¿Qué quieres, Señor, de mí en mi Nazaret?


Deja tu comentario