Estaba profetizado: “Una espada te traspasará el alma” (Lc 2, 35). No es la espada del dolor común a toda vida humana, sino la espada que divide el corazón ante el seguimiento de un Hijo que es signo de contradicción para todos.

María, Madre de Jesús y Discípula suya. Ella también tiene que ir descubriendo el camino del seguimiento, con todo lo que supone salir de sí, aprender de su Hijo, volver a decir sí, acompañarle hasta la cruz…

Por eso María es para nosotros Madre y Maestra espiritual, engendradora de nuevos hijos, de nuevos seguidores y seguidoras de Jesús. Por eso podemos pedirle que nos “ponga junto a su Hijo”.

De la mano de María, podemos volver a contemplar a Cristo muerto. Por mí, por amor, por todos.

De la mano de María, podemos experimentar el silencio de este día, el silencio que envuelve la tierra, el silencio que alcanza incluso a la divinidad…

De la mano de María, podemos recordar las palabras de Jesús, los gestos de Jesús, la historia de amor de Jesús conmigo. 

¿Qué he hecho por Cristo?

¿Qué hago por Cristo?

¿Qué voy a hacer por Cristo?


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