El Evangelio apenas ofrece “información” sobre José. Sólo que era carpintero y que el nacimiento de Jesús fue para él un acontecimiento misterioso, que finalmente acogió en fe. Luego vinieron los largos años de vida cotidiana en Nazaret, en los que Jesús crecía en edad, estatura y gracia. Seguramente, la presencia paternal de José representó para Jesús, niño y joven, una fuente de protección, confianza y amor. De José, Jesús aprendió a rezar, a trabajar, a vivir… Y junto a José, tal vez, también aprendió a llamar a Dios “Abbá”, Papá. Seguramente José tuvo mucho que ver en forjar la personalidad valiente, solidaria, generosa y profundamente humana que contemplaremos en Jesús, dando la vida por todos, dando la vida por su experiencia de Dios-Padre. Y seguramente, fue la vida cotidiana, el trabajo cotidiano, el lugar donde José mostró a Jesús un modo de "ser y de estar", de conducirse en la vida, de relacionarse con los demás, con la materia, con Dios. Sobre el trabajo de José dice el P. Butiñá: “Fácilmente hermanaba la oración con el trabajo, la vida activa con la contemplativa, sin impedimento ni cansancio”… (Glorias de San José). “Con la oración empezaba el día, con la oración la proseguía y al ir a tomar un ligero descanso, con la oración lo terminaba… Aunque ocupado en faenas exteriores no desistía de su oración interior, ni de alabar a Dios con los afectos devotos del alma sacados de la contemplación  divina” (Glorias de San José). Hoy celebramos la presencia callada, discreta y fecunda de José, alentando y cuidando el proceso de crecimiento de Jesús. También pedimos que José, protector del Taller y de la Iglesia, patrono de los trabajadores, siga alentando nuestros procesos de crecimiento y nuestra experiencia de Dios.


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