CONTEMPLACIÓN PARA ALCANZAR AMOR

“En Él vivimos, nos movemos y existimos”.

Hch 17, 28

 

Petición

“Pedir lo que quiero: será aquí pedir conocimiento interno de tanto bien recibido, para que yo enteramente reconociendo pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad” (EE nº 233).

 

Contemplación para alcanzar amor

 

San Ignacio cuida mucho esta última página de su libro de Ejercicios. Es el enganche con la vida cotidiana. Comienza con dos notas:

  • El amor se ha de poner más en las obras que en las palabras. El amor se expresa en lo concreto de la vida.
  • El amor consiste en la comunicación de las dos partes, en la que cada uno da lo que tiene. El Señor nos conoce, sabe lo que podemos dar y no nos pide otra cosa. Esto nos facilita mucho la relación con Él.

A veces, esto último nos preocupa, porque quisiéramos dar la talla. Hemos de aprender a vivir de una manera más gratuita y más humilde. Yo doy lo que tengo y puedo. Aceptar con humildad que doy lo que puedo, todo lo que puedo, puede ser nuestra nueva forma de vivir la relación con el Señor.

En este último ejercicio, San Ignacio nos propone pedir “conocimiento interno de tanto bien recibido”. Se trata de reconocer el regalo, la experiencia que el Señor nos ha concedido… Darme cuenta de todo lo que el Señor me ha cuidado. Ver la realidad y descubrir en ella que el Señor está presente y recrea en mí el deseo de ofrecerme del todo: “Señor, Tú todo me lo das, yo todo te lo entrego”.

Para ello, Ignacio propone una secuencia: mirar, reconocer, agradecer y ofrecerse.

  1. Agradecer tantos beneficios que recibimos (nuestra vida, nuestra historia, las personas que nos rodean, la fe…), reconociendo en todos ellos el don de Dios.
  2. Agradecer lo que me rodea, reconociendo cómo Dios habita en las criaturas y también habita en mí. Soy templo suyo. Soy morada suya. Soy habitación suya.  ¿Es posible rezar esto sin emocionarse?
  3. Agradecer mi historia, reconociendo como en ella Dios trabaja y labora por mí. Tantas personas significativas que han pasado por mi vida… Tantos lugares, momentos, acontecimientos, relaciones humanas… que me han construido y reconstruido, que me han ayudado a ser quien soy.
  4. Ver como todo desciende de arriba,  que es tanto como decir que todo viene de Dios… Todo, incluso yo mismo. También yo me recibo de Dios. También yo soy presencia de Dios para los demás. Dios, a través de mí, ha animado, ha sostenido, ha acompañado, ha ayudado… Dios está actuando en el mundo a través de mí, a través de mi debilidad.

Por todo esto, el corazón lleno de agradecimiento, llega a estallar en una plegaria de ofrecimiento. Las palabras de San Ignacio pueden inspirarnos para elaborar nuestro propio ofrecimiento:

“Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad.  Todo mi haber y mi poseer vos me lo disteis, a vos Señor lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que ésta me basta”.

San Ignacio de Loyola

 

Presencia de Dios

 

“Más que el aire rodea al pájaro que vuela; más que el agua del mar envuelve al pez que nada; más y mucho más que del aire que respiramos y de la luz que nos ilumina, nos encontramos totalmente penetrados de la inmensidad divina. Está con nosotros en todas partes: dentro de nuestro corazón lo tenemos siempre”.

F. Butiñá, “Les Migdiades del mes de maig”

 

El anterior es un párrafo muy hermoso, en el que Butiñá expresa su admiración y reconocimiento por esta presencia amorosa de Dios en todo.  Podemos leerlo despacio, saborearlo, convertirlo en oración, participar de esa misma admiración y reconocimiento.

A veces, con un punto de derrotismo, decimos que “las cosas son como son”… y parecemos suponer que nada puede cambiar. ¡Pues eso no es todo! Las cosas están habitadas. Tenemos que verlas en esa transparencia, en esa luz. Es posible ver a Dios en todas las cosas y todas las cosas verlas en Dios. Y, por tanto, confiar en las posibilidades de sanación, curación, renovación que tienen todas las cosas, incluida nuestra misma vida o nuestra actitud ante la vida.

Si todo proviene de Dios, todo es lugar de encuentro, de adoración, de servicio. Por eso, la consecuencia es clara: movidos por agradecimiento, en todo reconocemos la presencia de Dios y, por tanto, nuestra vida no tiene otra razón de ser sino en todo amar y servir”.

Pero todo esto, que suena tan grande y tan solemne, en realidad tiene su traducción en las cosas sencillas de cada día. Esas pequeñas cosas, que pasan por insignificantes, resultan estar habitadas. El trabajo, las tareas que cada día repetimos, con su dificultad, con su rutina… están habitadas por Dios.

El P. Butiñá nos anima a hermanar oración y trabajo. Oración y trabajo, aunque parezcan  tan distintas, vistas desde esta contemplación, son dos ámbitos o actividades de la vida igualmente habitadas por Dios. Lo único que necesitamos es caer en la cuenta, hacernos conscientes, agradecer esa Presencia que llena y sostiene tanto la oración como el trabajo, haciendo posible que ambos sean hermanos.

Así que el “amar y servir en todo”, que como fruto se desprende de esta contemplación para alcanzar amor, se convierte para nosotros en amar y servir en el Taller.

Preguntaba Butiñá a las primeras hermanas: ¿Está usted contenta de servir al Señor en el Taller? Nos lo pregunta también a nosotros, aunque lógicamente la cuestión, dirigida a cada uno, tenga que adaptarse según nuestra vocación, profesión, circunstancias… Pero… ¿estamos contentos de servir en el Taller al que hemos sido convocados?

Que la imagen de Dios que trabaja por mí, por nosotros, se nos grabe dentro y nos configure trabajando con Él, como alegres y agradecidos colaboradores suyos.

¡EXULTA!
 
Si tienes mil razones para vivir,
si has dejado de sentirte solo,
si te despiertas con ganas de cantar,
si todo te habla
–desde las piedras del camino
a las estrellas del cielo,
desde las luciérnagas que se arrastran
a los peces, señores del mar–,
si oyes los vientos
y escuchas el silencio,
¡exulta!
El amor camina contigo,
es tu compañero,
es tu hermano...
 
Dom Hélder Câmara

 

Para compartir: 

Al concluir esta experiencia, podemos expresar nuestra acción de gracias de la forma que prefiramos y enviarla al grupo. Todos nos unimos, en este día marcado por el agradecimiento, la alegría y el deseo de seguir caminando en la presencia del Señor Jesús, nuestro Bien. 

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