Para mantener la esperanza...

POR ENCIMA DE TODO, CUIDA TU CORAZÓN

Mariola López de Villanueva, rscj

 

“Por encima de todo cuida tu corazón, porque de él mana la vida” (Prov 4, 23).

 

“Quiero que tropecéis con Él, como se tropieza con la puerta de casa,

Retornados de la guerra bajo la mirada y el beso impaciente del Abbá…

Quiero que lo encontréis en tu total abrazo, Compañero, Amor Respuesta”

Pedro Casaldáliga

 

De la mano de este seguidor de Jesús, vamos a dejar que en este tiempo el Señor nos encuentre.

Me gusta mucho la historia de unos peces que iban de un sitio para otro, deprisa, como vamos también nosotros. Uno le pregunta a otro: “¿A dónde vas con tanta prisa?” El otro pez contesta: “Déjame que estoy buscando el océano”.

El océano es esa presencia de Dios que envuelve nuestra vida, en nuestro trabajo, en nuestro descanso… en cualquier circunstancia. El reto es cómo reconocer este amor en nuestra vida y cómo llegar a otros, para que lo puedan sentir. En este tiempo de crisis que vivimos, este amor nos quiere alcanzar más.

Vivimos una situación sin precedentes. Muchos seres humanos se ven desprovistos de lo necesario para vivir. En esta pandemia están muriendo miles de seres humanos y otros se ven privados del futuro.

No podemos salir igual de todo esto. Por eso, es importante tomar esta cita de Proverbios: tenemos que cuidar el corazón y acoger la vida que podamos descubrir en todo esto.

¿Qué descubrimos en estos tiempos?

Que no somos autosuficientes. Que necesitamos de otros. Que la alegría de Jesús es porque se regala a los pequeños, aquellos que reconocen que necesitan de otros. Si algo nos ha regalado este tiempo es descubrir esta interdependencia radical. Nunca hemos sentido tanto esta comunidad de destino, esa interconexión en la debilidad.

Cuando estamos confinados, y se nos quita lo que habitualmente podemos hacer, nos vemos obligados a pensar: al final, qué nos quedan? Nos quedan nuestros recursos interiores, aquello que hemos cultivado por dentro, y las personas a las que amamos.

Vamos a ver todo esto de la mano de una mujer que estaba herida: La Samaritana. Podemos contemplar que Jesús la acoge con los pies descalzos. Es una manera de expresar que vamos con confianza, que no tenemos miedo de herirnos. Jesús entra en la tierra de esta mujer herida con confianza. Le quiere mostrar su potencial.

Nuestros recursos íntimos. Hasta que llegó el covid, teníamos nuestro tiempo programado. Ahora hemos entrado en un tiempo de incertidumbres. Es un tiempo en el que necesitamos descubrir que la incertidumbre está habitada. Hay una manera de vivir la incertidumbre que nos da vida, que nos lleva hacia los otros.

La pandemia nos ha hecho detenernos y esta experiencia nos confirma que el mundo necesita rescatar la dimensión femenina de la vida. Vemos el mundo en toda su violencia, por lo que necesitamos esta parte de cuidado esencial. En este tiempo, los trabajos más importantes han sido los trabajos que cuidan la vida.

Esta dimensión femenina trae la capacidad de recibir, ánima, la energía de la intuición, sensibilidad, inspiración. Esto tiene dos realidades muy necesarias: confianza básica en la vida y el ser humano, y el cuidado esencial. Estamos hechos para cuidar y todos necesitamos dejarnos cuidar. Ese cuidado esencial se ha revelado como aquello que nos humaniza y nos diviniza, nos hace más parecidos al Cuidador que es el Espíritu.

La energía femenina tiene esa mirada profunda. Este tiempo nos lleva a revertir, a mirar la vida de otra manera. Necesitamos rescatar esa mirada profunda sobre nosotros mismos, sobre la realidad. Jesús ante la Samaritana se muestra en disposición de acogida, manifiesta el deseo de recibir, así le ofrece confianza para que ella se pueda abrir, para que ella pueda desbloquear su fuente.

El camino al corazón es siempre un camino integrador que consta de varios elementos. He querido subrayar tres. En primer lugar, es el amor a una misma, frente al autorreproche, la negativización, tantas voces dentro que nos negativizan, la insatisfacción que nos toma… La Samaritana va a buscar a una hora que sabe que no se va a encontrar con nadie. Jesús le quiere revertir esa mirada y que ella pueda encontrar dentro de sí que es valiosa. Y para ello, en primer lugar, le va a pedir Él mismo. No le dice: tengo algo que ofrecerte, sino que le va a decir “tú tienes algo valioso”. Y se lo expresa diciéndole: “tengo algo que pedirte”. Eso la valida, eso la hace sentirse valiosa.

Es un aprendizaje de este tiempo: dejarnos cuidar, aprender a pedir. Porque cuando pido algo a una persona le hago sentir que dentro de ella hay algo valioso. Eso la valida. Eso la afirma. Eso le hace sentir querida.

En segundo lugar, la atención. El tiempo a solas con nosotros mismos, nos ayuda a recuperar la atención, frente a la agitación y la dispersión. De pronto, la atención nos hace valorar las cosas pequeñas, los pequeños gestos, la vida profunda debajo de la superficialidad que vivimos.

Y por último, el silencio. Un silencio fecundo, frente al protagonismo del ego, que suele ser ruidoso. El silencio que nos ayuda a esperar, a mirar la vida desde el otro lado.

Todo ello para poder reconciliarnos con nuestra verdad. Cuando esta mujer ya ha podido recuperar la confianza en ella, Jesús, con mucha delicadeza, le lleva a tocar su herida, a nombrar su herida, tocar su vida – esa vida que tenía desajustada- para poder reconciliarse con su verdad.

Este ha sido un tiempo para comprobar lo frágil que es la vida, lo fácilmente que se nos puede ir a nosotros o a las personas a las que queremos, por lo que hemos comprendido lo importante que es esa tarea de que no nos pase mucho tiempo sin conciliar la vida, sin conciliar lo que en nosotros está desajustado. Nunca estaremos ajustados del todo, pero es importante aprender a aceptar mi realidad tal como es, con lo amargo y lo dulce, con su luz y su sombra.

Quiero aprender a abrazar la mujer, el hombre que soy, sabiendo que en esa reconciliación ya ocurre algo. Y que en la medida en que voy reconciliando con mi propia verdad, puedo abrazar la vida de los otros, ayudarles a reconciliarla. Y cayendo en la cuenta de que aquello que necesitamos no nos va a venir de fuera, sino del encuentro en profundidad.

Aquello que necesitamos no nos va a venir de fuera, de los acontecimientos, de las circunstancias, de nuestras ideas, sino del encuentro en profundidad.

La vida son los encuentros que vivimos. El encuentro con nosotros mismos. El encuentro con el Señor, la fuente de nuestra vida. El encuentro con las personas de cada día. Esos encuentros nos van configurando y ahí la vida se nos va transformando. Este tiempo nos ha de ayudar a cuidar esos encuentros.

El silencio nos conduce al centro de la vida, al espacio del corazón. Nos lleva a casa. A veces, nos cuesta entrar porque no nos gusta lo que hay en ella, o porque todavía nuestra casa no es un lugar de descanso para nosotros mismos.

Poco a poco, Dios va trabajándonos para convertirnos a nosotros mismos en un lugar de refugio y también para acoger a otros.

La casa como símbolo de intimidad descansada, donde puedo reposar la vida. Como un espacio de amparo, de refugio, de calidez, donde puedo permanecer cuidando, no amenazando al otro.

Posibilidad de habitar mi propia casa y hacer de mi casa un lugar que puedo ofrecer. Como hizo Jesús con la casa de su Cuerpo.

¿Qué cierra la puerta de nuestra casa? Lo que más bloquea son los miedos. Los miedos bloquean la fuente del amor en nosotros. Ocultan el sueño de Dios, ese sueño de Dios que nos mueve a desplegarnos. Por eso, lo que más se repite en la Biblia es: “no tengan miedo”.

El miedo nos repliega. En el Génesis, las únicas palabras de Adán: “Tuve miedo y me escondí”. En la parábola de los talentos, uno de dice lo mismo: “Tuve miedo y escondí mi talento”. En este tiempo nos paralizan los miedos. No debemos dejar que los miedos bloqueen nuestra vida.

¿Qué nos cura el miedo? El miedo se cura con compañía. Lo único que se dice a María, a los profetas: “No tengas miedo, yo estaré contigo”.

Por eso, Jesús nos cura y nos manda de dos en dos. Jesús nos manda de dos en dos para dos cosas que no podemos hacer solos.  La vida es un viaje, y cuando caemos necesitamos ayuda. Y también cuando tenemos algo que celebrar, no podemos brindar solos.

Por eso es tan importante la compañía. Y para ello, no podemos permitir que los miedos nos retengan. La Samaritana va sola al pozo. Pero al final, se encuentra con que se ha liberado de los miedos. Sale corriendo a comunicarse con la gente. Cuando en nosotros se libera la fuente, se libera el deseo de ir hacia los otros.

Jesús viene, por tanto, a liberar esos recursos interiores. Pero también a liberar las relaciones, que es lo que más nos hace gozar y también sufrir.

A mayor capacidad de intimidad, mayor capacidad de entrega. Cuando somos más capaces de compartir nuestro yo profundo, más podemos compartir. Y así mi vida se convierte más nutriente para otros.

Cuando ya llevamos un trecho largo de la vida, vale la pena preguntarnos ¿Cómo se sienten los demás conmigo? Ojalá que podamos decir que nuestra vida para los demás es más bendiciente, más nutriente…

¿Cómo es el latido de nuestra vida? Con un movimiento muy sencillo.

Formamos parte de la naturaleza y como ella nos abrimos para crecer. Este tiempo nos invita a una gran apertura, a imaginar y emprender cosas que nunca habíamos hecho.

En cambio, para protegernos, nos cerramos. En la naturaleza, hay animales que cuando se sienten amenazados, se cierren. Cuando nosotros nos cerramos, la vida se estanca, no fluye. Todo lo que se abre va hacia la vida. Mientras que todo lo que se cierra va solo hacia la supervivencia. Me quedo estancada para protegerme, pero la vida no fluye. Por eso, no hemos de tener miedo de entrar en terrenos desconocidos, porque eso me lleva a la vida. Hemos de aprender a participar de esa expansión.

Quienes han pasado por el virus, saben que se pierde el sentido del gusto. Me hizo pensar que, a veces, vamos así por la vida, sin detenernos a gustar el sabor propio de cada persona. Entonces, solo podemos saborear desde el corazón. Cuando vamos rápidas por la vida no podemos gustar ni saborear nada, ni la presencia de las personas, ni las circunstancias. Y otra cosa importante que puede pasarnos es que  no acabamos de apreciar todo nuestro sabor. A veces, por miedo o timidez, no mostramos nuestro sabor, no acabamos de sacar todo el amor que hay en nosotros. Tenemos un paso pendiente para mostrar nuestro propio sabor, sabiendo que a unos les gustará y a otros no. Solo compartiendo mi sabor, reconozco que los otros tienen derecho a su sabor distinto. Y eso no supone amenaza. De hecho estamos más plenos cuando podemos vivir esta diversidad, esta riqueza… Cuando yo reconozco mi sabor, me permite reconocer a los demás…

Jesús dice muy poco de sí mismo. A la hora de hablar de Él es tímido. Habla del Padre, del Reino, del sufrimiento de la gente… A Jesús le interesa, sobre todo, el dolor y el sufrimiento de la gente. Entonces, tenemos que fijarnos en lo poco que dice de Él, y Él habla de su corazón. En la antropología bíblica es como el centro integrador de la persona. Cuando Él habla de su ser, habla de su corazón manso y humilde de corazón. ¿Qué significa esa realidad suya? Un corazón incapaz de dañar, incapaz de lastimar.

Un corazón manso es un espacio paciente, suave, silencioso, tierno… donde uno no tiene miedo de entrar, porque somos esperados, bien recibidos, podemos entrar descalzos.

Y, al mismo tiempo, humilde, que viene de humus, de tierra, que significa muy humano, benigno, receptivo: la tierra acoge lo que le echan, deja crecer cualquier tipo de semilla. Humilde es también aquel que sabe que todo lo ha recibido. Por eso, también agradecido. La gratitud es la mejor medicina. Las personas más pobres son las que tienen mayor capacidad de agradecer. Un corazón confiado, y por eso alegre.

Un corazón abierto por una herida. No está abierto de cualquier manera. Esa apertura, ese corazón que se fue ensanchando, se abre por una herida. Por eso, este tiempo herido que compartimos nos invita a una gran apertura, a una anchura de corazón, que pueda revestirse de estas cualidades del amor.

Al final descubrimos que, en el viaje de la vida, podemos tomar dos caminos: o endurecernos (es lo que a Jesús más le duele, cuando en el Evangelio se lamenta por los que son duros de corazón), o enternecernos, a la manera de Jesús. Descubrimos que en lo que está duro, en lo que está rígido, el Espíritu no puede vibrar. Pero el Espíritu vibra con fuerza en lo frágil, en lo tierno, en lo vulnerable, en lo herido. Por eso, no hay que tener miedo de mostrarnos unos a otros nuestra vulnerabilidad, abrir nuestra fragilidad. Si el Espíritu vibra en lo frágil, en lo vulnerable, hemos de reconocer que nunca nos habíamos sentido tan vulnerables como en este momento. Por eso, es también un tiempo en el que el Espíritu está vibrando con fuerza. Por eso, en medio de todo que podamos decir que, en medio de todo, puede ser un tiempo de gracia, en una vulnerabilidad aceptada, compartida. Que el Espíritu nos ayude a seguir creciendo en humanidad y en ese cuidado de uno a otros.

Si algo es característico de este tiempo es que lo estamos viviendo todos a la vez. Y esta fragilidad nos hace sentirnos más cercanos unos de otros.

(Transcripción de la charla adaptada)

 

Entre otras cuestiones, esta charla de Mariola nos invita a hacernos preguntas sobre lo que implica cuidar el corazón, el propio y el de los demás. 

Por eso, en el compartir de esta mañana, invitamos a que cada cual, en un tiempo tranquilo, dibuje un corazón, tan grande y bonito como quiera, y dentro escriba aquello que desea cuidar en él. Pueden ser actitudes, deseos, hábitos, decisiones, relaciones… Es decir, aquello que para cada uno significa cuidar el corazón para poder entregarlo a los demás con más libertad. 

Fotografiamos nuestro dibujo y, durante la tarde, lo enviamos al grupo, con nuestro nombre y lugar de procedencia. 

Si alguien lo prefiere, en lugar de dibujar el corazón, puede buscar otro tipo de símbolo. Todo puede ser muy rico y válido. Lo importante es que, con sencillez, compartamos nuestra experiencia, eso que vamos intentando y puede llegar a ser de gran ayuda para los demás.