Domingo de Resurrección

“Pedir gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo, nuestro Señor” (San Ignacio de Loyola, EE 221).

“Mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y comparando como unos amigos suelen consolar a otros” (EE 224). 

La contemplación del Misterio Pascual es la cumbre de nuestra fe. Es como ese momento especial en el que uno descubre que todo ha sido necesario para llegar a esta experiencia de la Presencia de Jesús, de una manera nueva y definitiva.

Es difícil contemplar la Resurrección. Podemos tener experiencias previas de dolor, de pérdida de un ser querido… Y, a veces, nos cuesta mucho pasar a otra clave. Además, la Resurrección no es simplemente una superación del duelo, ni tampoco es que un muerto vuelve a la vida. Es algo más. Es algo distinto. Es algo que sobrepasa nuestra comprensión.

Por eso, un modo de acercarnos a la Resurrección es considerar los “efectos” que produce en los primeros testigos. ¿Qué le ocurrió a Pedro, María, Magdalena, y los demás discípulos, unos días después de la muerte de Jesús?  ¿Cómo explicar el cambio radical en sus actitudes?

PALABRA DE DIOS: Juan 20,1-9

El primer día de la semana, María, la Magdalena, fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.

INVITACIÓN A CONTEMPLAR:

De los textos evangélicos de estos días, este relato resulta tan misterioso como encantador. Todavía no aparece el Resucitado y, sin embargo, ya se adivina con fuerza su presencia.

María fue la primera en levantarse, cuando todavía estaba oscuro, anegada por una gran pena. Posiblemente intenta refugiarse en el recuerdo, en la memoria de aquel que la sanó y la amó como nadie. A María le parece que su vida se ha detenido en el pasado. Lo que todavía no sabe es que lo mejor está por llegar.

Por su parte, Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, salen corriendo alertados por la mujer.  ¿Quién es este otro discípulo? Quizás tú mismo, tú misma, y puedes imaginarte corriendo junto a Pedro, junto a María… Y al llegar al sepulcro, dejarle paso a ellos, a los primeros testigos… Porque de ellos, de los que “llegaron” primero, hemos recibido el anuncio de la Resurrección, sobre el que se construye la Iglesia.

El discípulo amado, que puedes ser tú, vio y creyó. ¿Qué evidencias tenía? En realidad, un sepulcro vacío podía tener muchas explicaciones racionales, por ejemplo, que alguien se ha llevado el cadáver. Y sin embargo, eso ni siquiera se contempla. Hay una certeza del corazón que, sin forzar nada, se impone: el discípulo “vio y creyó”.

¿No te pasa, a veces, que sin saber por qué, sin tener razones o argumentos, algunas circunstancias o acontecimientos te invitan a ver y creer en “algo más”, a ver más allá de lo que aparece, a creer en el sentido profundo de las cosas, a reconocer en todo la Presencia que todo lo habita.

El texto evangélico de hoy es hermoso porque es una discreta invitación dirigida a cada uno. Jesús Resucitado no se impone con una poderosa y fulgurante aparición. María, Pedro, aquel discípulo amado y tú, nuevo discípulo amado… somos invitados a mirar con esperanza esos lugares que hoy nos parecen de muerte. No solo esperanza… algo más… La certeza de que Dios tiene la última palabra, y esta es de VIDA ABUNDANTE.

En el evangelio de hoy, todos tienen prisa. Han de salir corriendo porque algo grande espera ahí fuera. En este día de Pascua no podemos salir de nuestras casas… apenas a la ventana, al balcón, a la terraza… Pero, en algún momento de este domingo, pongamos a punto el corazón, para salir a buscar al Señor Resucitado, presente y glorioso en cualquier rincón de nuestra historia.

GESTO CELEBRATIVO:

Así como el Domingo de Ramos pusimos en nuestro balcón una rama de olivo, en el día de hoy, piensa, junto a tu familia, cómo adornar nuestra ventana para que exprese la fiesta y la alegría. Quizás un lienzo blanco, o de colores, o flores, o dibujos de los niños… Anunciemos, como mejor sepamos y podamos, que Cristo ha resucitado.

Y a continuación, llamemos a los amigos, conocidos, familiares… y tengamos con ellos palabras animadas y confortadoras, como Jesús Resucitaba consoló y sigue consolando a sus amigos.

Mi corazón se agita con un hermoso canto;
las fibras de mi ser se templan de alegría
para decir la gloria de tu inmensa belleza.

Eres toda la luz que el mundo necesita;
eres todo el amor que el corazón reclama;
eres toda la paz que estalla en armonías.

Avanza victorioso sembrando la justicia
que sólo de ti esperan los pobres y abatidos:
¡destierra para siempre la opresión y el escarnio!

Un pueblo libre surge vitoreando tu paso,
reconociendo, oh Rey, que has vencido a la muerte
y a todos nos conduces a los eternos pastos.

El favor de tu Dios te ensalza y te corona
con la pura alegría de saberte el primero
entre muchos hermanos en tu victoria ungidos.

Eres el que fecunda todas nuestras tristezas;
eres el Nuevo Esposo, portador de ternuras,
que convierte en vergel los más adustos paramos.

En ti toda la verdad nos aguarda y trasciende;
en ti toda bondad nos acoge y eleva;
en ti toda belleza en Dios nos introduce.

Mi corazón se agita con un canto de fiesta:
has tocado mi lengua con tu inasible gracia
y mi carne rebosa de admiración y asombro.

Antonio López Baeza