ESPÍRITU DE COMUNIÓN

Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (cfr. Is 42, 2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. (…) Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

Papa Francisco, “Un plan para resucitar”, publicado en “Vida Nueva”, abril 2020.


La fiesta de Pentecostés puede ser la ocasión para acoger y saborear estas palabras del Papa. Palabras sabias que nos recuerdan que “nadie se salva solo”. Palabras profundas que nos ayudan a seguir reconociendo al Espíritu en su capacidad para impulsar, abrir, despertar… Palabras esperanzadas en un tiempo difícil, que nos ayudan a sentirnos en comunión, hoy más que nunca, con toda la Iglesia que ora, y con toda la Humanidad que anhela un mundo mejor, con los millones de personas de buena voluntad que, quizás sin saberlo, siguen siendo los anónimos y discretos canales del Espíritu Santo de Dios.

CONTEMPLACIÓN

Fuego, agua, viento, paloma… Símbolos del “exterior” que nos hablan de alguien que transforma nuestro interior. Una presencia intensa, enérgica, distinta de nosotros mismos, pero, al mismo tiempo, íntima y armonizadora, movilizadora de lo mejor de nosotros mismos.

Dice San Pablo a los cristianos de Corinto – y nos dice también a nosotros: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” Por unos minutos, cierra los ojos y visualízate a ti mismo como si fueras un templo: un edificio hermoso y sagrado… ¿Cómo imaginas la presencia de Dios en ti? ¿Es intensa como el fuego? ¿Es cristalina como el agua? ¿Es movilizadora como el viento? ¿Es amor? ¿Es creatividad? ¿Es deseo de comunión? ¿Cómo es…?

Siente que tu espacio interior se agranda para acoger la Palabra de Dios en ti.


LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20,19-23

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

COMENTARIO AL EVANGELIO

Jesús Resucitado se hace presente en medio de un edificio de puertas cerradas. Así, cerrados, estamos nosotros en tantas ocasiones.

Se presenta con dos regalos: su paz y su Espíritu. Cristo sopla sobre ellos… como si se tratara de una nueva Creación. El autor del Evangelio utiliza la misma imagen del libro del Génesis: el soplo de Dios generando vida. Jesús Resucitado está “recreando” en sus discípulos algo nuevo y sorprendente: los que permanecían ocultos por miedo, salen ahora a las calles, a las plazas, se hacen entender por todos, se convierten, ellos mismos, en cauce de paz y reconciliación…

Llevamos muchos días en casa. Casi toda la Pascua la hemos pasado confinados, encerrados, no tanto por miedo – que también – sino por la necesidad de cuidarnos y de cuidar a los demás. A pesar de las dolorosas circunstancias, quizás hemos aprendido algo, quizás el Espíritu de Dios está “creando o recreando” algo en nosotros, soplando sobre nosotros su aliento de Vida…

El Espíritu Santo se manifiesta en sus dones… Uno de ellos podría ser el don de saber ver, no solo la desgracia, sino el desafío y la oportunidad. Tenemos la oportunidad de intentar un estilo de vida más respetuoso con el Planeta, con los demás, con nosotros mismos; la oportunidad de prestar un servicio callado y discreto; la oportunidad de ofrecer una llamada telefónica que acompañe y consuele; la oportunidad de una mirada misericordiosa y compasiva; la oportunidad de la memoria, no olvidar, aunque pase el tiempo, a los que quedaron por el camino, a los que sufrieron en esta lucha, a los que tanto sacrificaron… La oportunidad de agradecer el don de la vida.  

  • ¿Qué experiencia intensa has vivido durante este tiempo de Pascua, que culmina hoy en Pentecostés?
  • ¿El Espíritu te está haciendo ver alguna nueva oportunidad?
  • ¿Qué don del Espíritu quieres recibir hoy, en tu cenáculo, en tu casa?
ESPIRITU DE DIOS
Eres, Señor, inundación,  eres derroche.
Como una linfa silenciosa empapas
todo lo que es y lo que somos.
Eres un Dios vertido.
Déjame recogerte;
como pepitas de oro cribarte en las arenas
del río de la vida.
 
Que yo te busque, te halle y te regale,
como oro escondido, que no es mío;
es de todos.
 
No permitas, Señor, que Te acaudale,
Te reserve y Te guarde.
Que no me satisfaga el cuidarte y limpiarte
como pieza curiosa de un museo
para el turismo humano...
 
Enséñame a perderme. Y que me pierda.
Dispón de lo que es Tuyo.
Viérteme donde quieras,
Señor, con tus dos manos.
Siémbrame, sin medida, a tu voleo.
Que no me guarde, trigo, sin pudrirme
y sin dejar espiga, que engrose tu granero.
Que del pan, que Tú eres y me haces,
se han de saciar miles de hambres...
 
Tomad Señor, lo que me diste y lo más Tuyo y mío:
mi poder decidir sobre mí mismo.
Decido ser amor y gracia como Tú.
¡Esto me basta! 
 
Ignacio Iglesias, sj

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