José, peregrino

José, un trabajador manual, un sencillo hombre de un pueblo humilde y despreciado, artesano de todos los oficios, vecino cercano, judío piadoso, fiel.

Los Evangelios nos hablan de una peregrinación hecha por caminos geográficos, pero la mayor y mejor peregrinación de San José fue la interior. José caminó del Antiguo al Nuevo Testamento; de Yahveh a Dios Padre, el que se le revelaba en su Hijo de Nazaret, hecho existencia cotidiana ante sus ojos.

Como nosotras, no encontró marcado y trillado el camino, porque no se poseen los modos de estar con Dios, de seguirle y de servirle. San José estuvo abierto a la sorpresa de Dios, a veces, desconcertado por Dios.

El camino de fe de San José se hizo en la realidad de la vida, en el trabajo sencillo, y le condujo al encuentro con Dios en la historia que le tocó vivir.

Acercarnos hoy a este José, obrero y emigrante, como tantos trabajadores, nos invita a salir al encuentro de nuestra propia historia, allí donde la vida nos obliga a ir fuera de nosotros mismos y a peregrinar hacia Dios, en la esperanza de lo cotidiano.

José aprendió, poco a poco, que la fe es leer la historia personal y del pueblo a la luz de los amores de Dios.
Fe es sabiduría, saber y sabor de Dios, lo que necesitamos para vivir con sentido nuestra existencia.

El camino de fe de María se inicia en un diálogo, sigue hasta la cruz y culmina en la Resurrección.

La vía de José termina antes, es más anónima, más corriente y ordinaria, como la nuestra, pero apunta en la misma dirección.
Su misión fue servir y desaparecer amando.

Toda su existencia es una peregrinación silenciosa, con el misterio al lado, hacia el misterio de Dios, desde lo más sencillo de la vida.