San José en la vida del P. Butiñá

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Quienes se han asomado a la vida del siervo de Dios Francisco Butiñá, y más si lo han hecho deseando conocer su perfil y trayectoria espiritual, han advertido enseguida su gran devoción a San José, su confianza en él, su empeño por dar a conocer la fisonomía de este gran santo, elegido por Dios como esposo de María, compañero y confidente en el misterio de su maternidad divina y copartícipe en el cuidado y educación de Jesús, nuestro Señor y Salvador.

¿Cuándo comenzó en Francisco la devoción a san José? y ¿cómo crecieron en él esta devoción y este aprecio al padre terreno de Jesús? Sabemos que, en su casa paterna, había una habitación que llamaban “la habitación de san José” (quizás porque en ella pendía, en la pared, un cuadro del santo) y que, en la familia, profesaban devoción a san José y realizaban prácticas religiosas en su honor. Mirando la vida del siervo de Dios desde estos antecedentes, podríamos decir: “de casta le viene al galgo”, o sea, que en la familia bebió y aprendió esta devoción. Acompañándolo en su itinerario, veremos pronto que fue arraigándose en él, cada vez más, el amor a san José y el deseo de darlo a conocer como modelo y referente en el camino hacia la santidad, sobre todo en una santidad labrada en las ocupaciones de la vida ordinaria.

A poco de ingresar en la Compañía de Jesús, se interesa por cómo han celebrado, en su parroquia, la fiesta de san José, y -al mismo tiempo- expresa el deseo de que sus hermanos sean devotos de este santo, y deja asomar algo que lleva ya grabado en su corazón y que irá in crescendo: la relación entre san José y el trabajo. De él -de san José- aprenderán, les dice, a trabajar como buenos cristianos:

“¿Qué funciones se hicieron en Sta. María por la fiesta de S. José? ¡Qué contento estaría sabiendo que Juan, José, Teresa y Antonia son muy devotos de ese Sto. glorioso! De él aprenderán a trabajar como buenos cristianos y a …” (cfr. FRANCISCO BUTIÑÁ. CARTAS. Carta a sus padres. 30 de marzo de 1858).

Siguiendo su trayectoria, encontramos pocos testimonios escritos que califiquen, expresamente, al siervo de Dios como devoto del padre adoptivo de Jesús. Los más explícitos son uno personal y otro de sus hermanos de comunidad al dar cuenta de su muerte. El primero, nos lo ofrece en una carta a su cuñada Dolores; le dice:

“…por la mañana, mediodía, por la tarde te encomiendo a S. José, de quien soy muy devoto” (Fragmento de carta -sin fecha. En el libro de las CARTAS, aparece colocado como si lo hubiera escrito en 1868).

En el segundo, son otros los que reconocen esa cualidad en Butiñá:

“Es de notar que el Padre murió el día de la Virgen de la Esperanza y fue enterrado un día 19, consagrado a San José. De los dos fue devotísimo” (Diario de la Residencia de Tarragona. 19 de diciembre, 1899).

En cambio, son muy numerosas las actuaciones y realizaciones de este nuestro santo, jesuita y fundador, en las cuales está presente su amor a san José y su gran confianza en él. En unas, de forma más explícita, en otras, implícita. Entre esas realizaciones destaca, en primer lugar, la fundación de la congregación religiosa de Siervas de San José en la cual advertimos unidas varias de las principales características de su fisonomía espiritual (la de Butiñá): su amor a san José, su amor privilegiado a los pobres y su visión del trabajo como medio de santificación (que ya dejó entrever en su carta del 30 de marzo de 1858, como vimos) a la par que de realización humana y vehículo de transformación social.

En segundo lugar, no podemos dejar de mencionar su obra: Glorias de San José, en la cual recoge lo más señero que encontró en su investigación de la teología sobre san José, más sus aportes personales a la misma. Dicha obra mereció amplia atención y elogios, no solo de sus contemporáneos, sino mucho después y hasta hoy, por su seriedad teológica y su doctrina espiritual. Con ella, alcanzó el honor de ser considerado como un clásico entre los escritores josefinos y como referente destacado, y para algunos obligado, sobre la teología de San José.

Es preciso destacar que la relación de Francisco Butiñá con san José fue viva y cercana y de una gran confianza que quiere contagiar, como vemos en la carta desde Poyanne a sus Siervas de San José: “No os desalentéis aunque todo el infierno se desencadene contra vosotras, que teniendo de vuestra parte al santo Patriarca, todo se allanará” (AGSSJ. Carta desde Poyanne, 4 de junio de 1874).

En su acción pastoral directa, especialmente con los pobres y obreros, y en sus obras para dar a conocer al padre adoptivo de Jesús y suscitar la devoción hacia él (por ejemplo, Visitas al glorioso Patriarca San José para todos los días del mes. Barcelona 1875. El Patriarca San José gloria y modelo del obrero cristiano. Apostolado de la prensa. Madrid, 1894), se nota que transmite su experiencia personal, no tanto ideas (aunque también) cuando propone como camino de vida las ocupaciones ordinarias realizadas como san José, del cual dice que -en ellas- hermanaba admirablemente la oración con el trabajo, pero, no porque estuviera todo el tiempo rezando, sino porque las realizaba para gloria de Dios y para agradar a Dios. Subraya que, cada vez que san José cambiaba de herramientas o de actividad, la ofrecía, de nuevo, a Dios y, así, se mantenía en su divina presencia.

Y es que san José constituía, para Francisco Butiñá, la síntesis armónica de oración y trabajo, de la contemplación en la acción; un modelo de identidad para caminar hacia la plenitud de Cristo desde la cotidianidad del trabajo. Nuestro querido fundador había cultivado en la práctica del amor a Dios y al prójimo un tipo de caridad en y desde el trabajo; una forma inédita de amor a Dios y al prójimo desde las ocupaciones habituales de cada día, desde las más humildes y sencillas. Esta espiritualidad emanaba de la contemplación de Nazaret, de la Sagrada Familia y, especialmente de la contemplación de Dios, hecho hombre y trabajando a las órdenes de san José (La luz del menestral. Barcelona 1875. Introducción).

Mª Sagrario Goñi Huici, fsj

Mañana, 20 de junio, es el Día Mundial del Refugiado. Como Familia Josefina, con la memoria de la Sagrada Familia teniendo que huir a Egipto, nos unimos a todos los hermanos que huyen de su tierra para poder sobrevivir. Pedimos a San José que interceda por ellos, que los cuide. Si nos es posible, tratamos de hacer resonancia de esta fecha en las redes sociales o participando en alguna actividad local.


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